Luces, Cámaras y AK-47
La tarde se esfumó en Nueva Esperanza. Un ardiente reflector ilumina a un grupo de moradores irritados. Llevan minutos susurrando en grupo la denuncia, algunos atisban la cámara con recelo, otros rondan el micrófono como moscas, están ansiosos, se está acercando la entrevista.
-¿Digame señor que está sucediendo aquí?-.
-¡Ya no soportamos a los vecinos¡, denuncia un moreno casi con la lengua entre los dientes. Todos lo miran con ojos de asombro, parecen niños asustados.
-¿Porqué?-.
-¡Siempre están tirando balas, o sacando cuchillos, no les importa ni los niños!-. El grupo coje confianza, y ataca sin miedos. Denuncian abusos, denuncian torturas, denuncian maltratos.
Ya están cansados, temen que la justicia deje la mujer y su balanza y se convierta en el aliado de sus puños, y hasta en el aliado de su conciencia homicida.
-¿Digame señor que está sucediendo aquí?-.
-¡Ya no soportamos a los vecinos¡, denuncia un moreno casi con la lengua entre los dientes. Todos lo miran con ojos de asombro, parecen niños asustados.
-¿Porqué?-.
-¡Siempre están tirando balas, o sacando cuchillos, no les importa ni los niños!-. El grupo coje confianza, y ataca sin miedos. Denuncian abusos, denuncian torturas, denuncian maltratos.
Ya están cansados, temen que la justicia deje la mujer y su balanza y se convierta en el aliado de sus puños, y hasta en el aliado de su conciencia homicida.
Hace algunos años, una familia de Santa Eduviges llegó de sorpresa a esta comunidad que se refugia en un matorral de Juan Díaz e impusieron a la fuerza el control del área con puñales y hasta con AK-47; es un régimen de terror copiado a la perfección de otros barrios violentos de la urbe, según explican.
El periodista no sabe si reir, o temblar. El pánico penetra las miradas del puñal de vecinos, que cada vez disminuyen la fortaleza de los señalamientos. Los destellos del reflector arden y oscurecen el entorno, cada vez se dificulta adivinar los pensamientos.
-¡Ellos son los asesinos!-, grita un tosco caballero a la multitud que disemina sus denuncias por las cámaras.
-¡Ellos son los asesinos!-, reitera ofuscado. ¡Mataron a mi sobrino e hirieron a otra sobrina!, ¡no tienen moral para hablar, ellos son los pandilleros!.
El periodista pide un corte comercial, y regresa a la vida real. Conversa con la otra parte que exige una réplica fugaz, el nombre de su familia está siendo cuestionado y necesita salvarlo a como de lugar.
-¿Señor los vecinos lo acusan de fomentar la violencia?-.
-¡Eso es mentira!-, ¡Deja que se vayan las cámaras para que veas lo que va a pasar!-.
Las veredas son absorbidas por la masa, una mujer saca una botella y la levanta sin asco en señal de amenaza, mientras un grupo grita “pistolera”. El periodista está presenciando todo, lo llevan a las casas, están como coladeras, “ esto es Ak-47”, se escucha al unísono.
El barrio está prendido, ni se entienden los diálogos. “Mire periodista, quienes son los violentos”, “usted la vió, me amenazó con la botella”, “mi hijo recibió 16 balazos la semana pasada, quien detiene esto”.
La cobertura terminó, por suerte no hubo víctimas, todo se disipó. Al día siguiente el comunicador está de vuelta en el barrio buscando resultados, Nueva Esperanza está desierta, ya no hay cámaras, ya no hay luces, tampoco hay AK-47. La segunda parte de esta novela, está pendiente...
El periodista no sabe si reir, o temblar. El pánico penetra las miradas del puñal de vecinos, que cada vez disminuyen la fortaleza de los señalamientos. Los destellos del reflector arden y oscurecen el entorno, cada vez se dificulta adivinar los pensamientos.
-¡Ellos son los asesinos!-, grita un tosco caballero a la multitud que disemina sus denuncias por las cámaras.
-¡Ellos son los asesinos!-, reitera ofuscado. ¡Mataron a mi sobrino e hirieron a otra sobrina!, ¡no tienen moral para hablar, ellos son los pandilleros!.
El periodista pide un corte comercial, y regresa a la vida real. Conversa con la otra parte que exige una réplica fugaz, el nombre de su familia está siendo cuestionado y necesita salvarlo a como de lugar.
-¿Señor los vecinos lo acusan de fomentar la violencia?-.
-¡Eso es mentira!-, ¡Deja que se vayan las cámaras para que veas lo que va a pasar!-.
Las veredas son absorbidas por la masa, una mujer saca una botella y la levanta sin asco en señal de amenaza, mientras un grupo grita “pistolera”. El periodista está presenciando todo, lo llevan a las casas, están como coladeras, “ esto es Ak-47”, se escucha al unísono.
El barrio está prendido, ni se entienden los diálogos. “Mire periodista, quienes son los violentos”, “usted la vió, me amenazó con la botella”, “mi hijo recibió 16 balazos la semana pasada, quien detiene esto”.
La cobertura terminó, por suerte no hubo víctimas, todo se disipó. Al día siguiente el comunicador está de vuelta en el barrio buscando resultados, Nueva Esperanza está desierta, ya no hay cámaras, ya no hay luces, tampoco hay AK-47. La segunda parte de esta novela, está pendiente...
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