sábado, 31 de marzo de 2007

El Niño de la Favela




Es jueves por la mañana, la represión llegó a la Caseta de Curundú en busca de drogas, armas y por supuestos pandilleros. Se siente el pánico en la favela, los mazos están destruyendo puertas y sus ejecutores no paran de lanzar advertencias. "Abran la puerta que llegó la policía", corean.
De las casuchas empiezan a florecer miradas, aparecen por las ventanas, en los balcones y hasta detrás de los muebles. No saben que esperar, reina la confusión y el miedo; el escuadrón de negro está desesperado buscando resultados para los medios.
El niño de la favela tiene los ojos de fuego, a veces observa con miedo el desfile de armas, a veces observa con rencor la represión policial. Está recostado sobre unos viejos tablones analizando el porqué del ataque.
Del otro lado está la cámara de mi telefóno celular, tratando de atrapar una foto memorable. Llevo segundos esperando su mirada. La operación policial toma un descanso y el niño voltéa su rostro y descubro su pesar.
-Ven para acá y rápido-, grita una gorda despeculada, que cubre su desnudez con una toalla curtida. El niño atiende el llamado y se mete en su barraca. Ya descubrió su realidad, no necesita más tiempo.
En mi teléfono reposa su foto, no sé que tengo a mano todavía. Agacho la mirada y aparece su retrato. Estoy contagiado de emociones negativas, ahora entiendo su rabia, ahora entiendo su molestia. El niño de la favela me enseñó su mundo, me enseño su vida.
Cuando la solución a la violencia aparece vestida únicamente de represión se cultiva odio. Cuando la autoridad aparece para atacar y no para brindar alternativas se cultiva intolerancia. La Caseta de Curundú cosechó estas malignas semillas hace tiempo, ahora están naciendo sus hijos, ahora están apareciendo los niños de la favela. Este es su mejor retrato...

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