viernes, 23 de marzo de 2007

Atentando contra nuestro pueblo



Curundú dormía, eran las 4 y 30 de la madrugada, todavía las veredas rebosaban de misterio. Dos pandilleros fraguaban a esa hora un atentado, no median consecuencias, más bien querían destrucción en la "Concretera".
-Ya esto se va a acabar-, susurró el mayor de los dos. De su mano goteaba gasolina, tenía la molotov lista y no dejaba de sonreir.
- Dale rápido-, le dijo el otro menor, que hacía funciones de centinela en la penumbra.
El más grande se acercó meticuloso como gato a una de las barracas, agachó el lomo un poco y por debajo de las patas que sostienen estos decrépitos ranchos, lanzó la rudimentaria bomba.
-Corre, corre- alcanzó a gritar el terrorista curundeño, antes de escuchar el estallido.
Un señor barbudo, que le colgaban todavía las lagañas, escuchó los gritos de una niña, "debe ser que le están pegando sus padres" pensó, y se recostó de nuevo.
Los gritos regresaron con mayor intensidad, así que se levantó, salió de la casa semidormido, con el pecho descubierto y sin saber que ocurría. Cuando por fin abrió los ojos, la candela ya devoraba la barraca vecina.
-fuego- gritó con impotencia.
Curundú estaba en llamas y las rutas de escape estaban saturadas por un tráfico de hombres, mujeres y niños desesperados. Era un revuelo colosal, teñido de llantos y gritos. Algunos sacaban en brazos sus pertenencias, otros con tambuchos intentaban detener el voráz fuego.
A los minutos, 147 barracas eran escombros y cenizas, la candela incluso se había devorado a dos niños y dejado en el desamparo a más de 700 curundeños. La "Concretera" era una zona de desastre, tal como lo presagiaron los pandilleros mientras preparaban el coctel molotov.
Cuando la comunidad salió, los bomberos todavía peleaban con el agua y las cámaras habían llegado. Algunos no entendían la complejidad del suceso, observaban con rareza las luces de los cisternas y las lámparas de los periodistas. Atónitos por la desgracia, muchos de ellos empezaron a llorar.
Este capítulo de la historia panameña obedece a la guerra entre pandillas. Una vulgar venganza, terminó asesinando a los menos responsables, y llevando a la cárcel a otros dos jóvenes panameños por su presunta vinculación al atentado.
Mientras existan conciencias incapaces de diferenciar entre el bien y el mal, Panamá seguirá llorando injustamente; estamos atentando contra nuestro propio pueblo. !Qué crueldad¡...


1 comentario:

Anónimo dijo...

Es Evidente que la violencia siempre genera mas violencia¡¡¡¡¡