lunes, 5 de marzo de 2007

Aguadulce y su educación de ensueño

Panamá se lava el rostro cuando le época seca empieza a humedecer. En Aguadulce este proceso era maravilloso recuerdo, la brisa se tornaba delicada y fresca, el sol coloreaba los pastos de amarillo, los aromas del azúcar y la sal se conjugaban y divagaban por el pueblo que marchaba sin contratiempos. El verano tenía sus días contados, pero todo era felicidad...
Esta época del año era como un renacimiento para el pueblo, los vestigios del carnaval solo reposaban en una que otra cabeza suelta, los esfuerzos de todas las familias estaban avocados a reforzar la educación de las futuras generaciones. Loncheras nuevas, cuadernos plastificados, uniformes planchados y listos, si era necesario zapatos de primer uso y sobre todo mucha alegría. El proceso educativo era una fiesta familiar.
Las maestras iban adecuando sus listados y ordenando sus aulas de clases. Ya sabían quienes de mis amigos, no tenían las mejores cualidades y capacidades, así que era necesario atacar sus flaquezas desde un principio para mantener sólida una estructura de amigos hasta el final de los estudios. ¡La estrategia funcionó!.
En fin, Aguadulce abrigaba esperanzas en nosotros, y nosotros abrigabamos diversión en las escuelas. No existía manera de incomodar el inicio del año escolar, a menos que hicieran faltas herramientas de trabajo, aunque estó era muy poco probable.
Han pasado ya varios años desde estas memorias, ya los aromas de la caña no llegan a mis narices, y menos camino sobre terrenos rojizos, mis pies andan sobre ruedas en una jungla de edificios y luces, que dista mucho de esos veranos de Aguadulce.
Pero en la ciudad está epoca no es un renacimiento, más bien es un proceso espinoso. Aunque la capital luce un nuevo rostro producto del descanso propio de las vacaciones, la comunidad regresa turbia, descontrolada y sin ánimos. Las escuelas no están listas, las matrículas son un verdadero tormento para padres e hijos, la educación es un desorden, y no existe mecanismo alguno que pueda convertirla en felicidad, pese a la monstruosa maquinaria publicitaria y sus regueseros que venden zapatos al compás de sus éxitos radiales.
A lo mejor hace falta compromiso de ambas partes, un maestro sin cooperación de los acudientes no ofrece resultados positivos, como lo haría un docente con pleno apoyo de los padres. A esto debemos agregar, que la juventud pareciera está perdiendo el interés en la educación a falta de un real programa educativo que brinde capacitaciones vanguardistas que vayan de la mano del desarrollo del país y de los avances tecnológicos. Sin estas herramientas el inicio del año escolar tiene más vicios de antagonismo que de crecimiento, y el estudiantado lo sabe a la perfección.
De nada vale que el rostro de la ciudad luzca precioso, como el verano saliente, sino existe un compromiso de cambiar un proceso que lleva años estancado. Aprendamos de los pueblos y de su renacimiento, para hacer del periódo escolar una época de alegrías y esperanzas, como solía ser en mi querida Aguadulce....

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