Un Horno Inolvidable
Un cuerpo polvoriento de cenizas corría sin rumbos por una calle alterna a la Martín Sossa cuando llegué a la desgracia, pasó volando a mi lado con un rabo de humo y sangre, apretaba sus labios con furor y sobre sus ojos una laguna de lágrimas amenazaba con desbordarse.
Estaba desgajado y curtido por las heridas como una víctima terrorista, retrataba a la perfección el sufrimiento de una tragedia infernal.
A pocos metros, una cortina de humo abrazaba un largo cáscaron que escondía el horror de una caldera humana. Camine sigiloso atraído por la ansiedad hasta la boca humeante del infierno, sin saber que la brisa de la tarde octubrina y la regadera de un bombero habían ya develado el rostro del diablo.
Una pierna calcinada sobresalía de una de las ventanas del autobus, emulaba la cola de una bomba incrustada en un objetivo predefinido, el resto del cuerpo compartía un pedazo de sillón carbonizado con un grupo de cadáveres tallados con gritos de socorro. Eran las víctimas del diablo que habían fallecido entre un horno de cuatrocientos grados y la desesperación que provoca el buscar una salida clausurada.
Cuando el cuerpo humano se somete a una experiencia trágica se doblega como hule, es una debilidad espiritúal, no física, que corroe al corazón hasta congelar tus nervios, la mente se nubla e inician los primeros signos de asfixia.
Esto lo descubrí el lunes 23 de octubre cuando estalló el Dina 8b-06; había desaparecido literalmente entre la muralla gris que protegía a Satán.
Desperté de la tragedia y atisbé a mi derredor, entre la cinta de seguridad que custodiaba las cenizas habían cientos de fantasmas apreciando el horror, todos concientemente sedados pero experimentado también la debilidad del castigo.
Las tragedias golpean por doquier como el látigo de un lagarto, pensé. No necesariamente debes ser víctima de ella para sentir su crueldad, si estás cerca conocerás su peor rostro, ese que atacó mi conciencia el lunes 23 de octubre y que todavía persigue mis pensamientos aunque esté despierto.
Ese horno humano que fulminó 18 vidas frente a mis ojos, es la peor pesadilla de mi vida.
Lic. Víctor Alejandro Mojica
Estaba desgajado y curtido por las heridas como una víctima terrorista, retrataba a la perfección el sufrimiento de una tragedia infernal.
A pocos metros, una cortina de humo abrazaba un largo cáscaron que escondía el horror de una caldera humana. Camine sigiloso atraído por la ansiedad hasta la boca humeante del infierno, sin saber que la brisa de la tarde octubrina y la regadera de un bombero habían ya develado el rostro del diablo.
Una pierna calcinada sobresalía de una de las ventanas del autobus, emulaba la cola de una bomba incrustada en un objetivo predefinido, el resto del cuerpo compartía un pedazo de sillón carbonizado con un grupo de cadáveres tallados con gritos de socorro. Eran las víctimas del diablo que habían fallecido entre un horno de cuatrocientos grados y la desesperación que provoca el buscar una salida clausurada.
Cuando el cuerpo humano se somete a una experiencia trágica se doblega como hule, es una debilidad espiritúal, no física, que corroe al corazón hasta congelar tus nervios, la mente se nubla e inician los primeros signos de asfixia.
Esto lo descubrí el lunes 23 de octubre cuando estalló el Dina 8b-06; había desaparecido literalmente entre la muralla gris que protegía a Satán.
Desperté de la tragedia y atisbé a mi derredor, entre la cinta de seguridad que custodiaba las cenizas habían cientos de fantasmas apreciando el horror, todos concientemente sedados pero experimentado también la debilidad del castigo.
Las tragedias golpean por doquier como el látigo de un lagarto, pensé. No necesariamente debes ser víctima de ella para sentir su crueldad, si estás cerca conocerás su peor rostro, ese que atacó mi conciencia el lunes 23 de octubre y que todavía persigue mis pensamientos aunque esté despierto.
Ese horno humano que fulminó 18 vidas frente a mis ojos, es la peor pesadilla de mi vida.
Lic. Víctor Alejandro Mojica
No hay comentarios:
Publicar un comentario