Buscando a un Hijo
-¡ Enriquito llega, aquí está el bebé!- gritó Inocencio desesperado con el agua hasta las rodillas.
Sobre un remanso enlodado del río Lajas estaba Joel, con la mitad del cuerpo enrollado de raíces y sangrando a chorros por la cabeza.
El confuso padre sacó fuerzas inesperadas, escudriñó con ansiedad entre los arbustos y jaló fuerte....
La luna demarcaba un sendero casi fantasmal en las aguas del Laja, cuando Inocencio y un grupo de familiares inicio la expedición. El sobrio constructor había derramado todas sus lágrimas durante la noche y estaba “preparado para encontrarlo”.
Armado de varas y siguiendo instintos paternos empezó la búsqueda de su hijo cuesta abajo, colocando a sus familiares a ambos extremos del río para cubrir más territorio.
-¡Revisen las piedras, los árboles y todo lo que vean!- indicó Inocencio desde la punta del pelotón. Cegado por la negrura del horizonte incrustró su vara en el agua y siguió caminando a tientas. “El cuerpo me decía que estaba cerca”.
La expedición no se desvió en ningún momento en tres horas. Inocencio enmudecido de angustia y empapado hasta el cuello, seguía fielmente el rastro invisible que había dejado su hijo por toda la corriente; el destino estaba escrito.
El papá se detuvo para secar el sudor de su frente, levantó el rostro y atisbó con la mirada nublada una figura colorida que emergía de un extenso manto de lama. Afino su mirada de nuevo, tragó fuerte y lanzó el gritó.
-¡Enriquito llega, aquí esta el bebé!- rugió el desconcertado padre.
Joel sangraba sin parar, sus perlitas negras estaban clausuradas por los hematomas y un moño de pelo tapaba su frente fracturada.
Estaba recostado sobre uno de sus brazos e inmerso en una telaraña de ramas que lo amarraba hasta su ombligo.
Inocencio lo ubico pese a su rigidez en su regazo, lavó el rostro de su hijo con el agua del río como quien baña a un bebe recién nacido y se desvaneció en sollozos.
-¡El bebé, mi bebé!- gritó furioso Inocencio. Sus lamentos se escucharon en kilómetros.
Cuando conocí a este trabajador de la construcción salía del río con su hijo en brazos a un solar ubicado detrás del Club de Golf de Villa Lucre. Acababa de recuperar a Joel de las aguas asesinas y frente a todas las cámaras anunció “ soy el papá”.
A un padre y a un hijo lo unen más cosas que un tipaje de sangre o un apellido, pensé. Una fuerza sobrenatural los mantuvo conectados espiritúalmente a tal punto, que sufrieron y lloraron a la par. Era un cuerpo dividido a la mitad con un solo corazón latiendo.
Inocencio se sentó sobre una cera en construcción y en ocasiones apretaba sus manos contra su cabeza como preguntándose porqué.
Estaba rodeado irónicamente de ese mar de salvavidas y paramédicos que no lograron ubicar a su hijo en los primeros intentos de búsqueda. Los miró detenidamente a la distancia, elevó sus ojos al cielo y sonrió.
-¿Como lo hiciste? -Le pregunte intrigado.
-¡Ni yo mismo lo sé!- respondió.
Lic. Víctor Alejandro Mojica
Sobre un remanso enlodado del río Lajas estaba Joel, con la mitad del cuerpo enrollado de raíces y sangrando a chorros por la cabeza.
El confuso padre sacó fuerzas inesperadas, escudriñó con ansiedad entre los arbustos y jaló fuerte....
La luna demarcaba un sendero casi fantasmal en las aguas del Laja, cuando Inocencio y un grupo de familiares inicio la expedición. El sobrio constructor había derramado todas sus lágrimas durante la noche y estaba “preparado para encontrarlo”.
Armado de varas y siguiendo instintos paternos empezó la búsqueda de su hijo cuesta abajo, colocando a sus familiares a ambos extremos del río para cubrir más territorio.
-¡Revisen las piedras, los árboles y todo lo que vean!- indicó Inocencio desde la punta del pelotón. Cegado por la negrura del horizonte incrustró su vara en el agua y siguió caminando a tientas. “El cuerpo me decía que estaba cerca”.
La expedición no se desvió en ningún momento en tres horas. Inocencio enmudecido de angustia y empapado hasta el cuello, seguía fielmente el rastro invisible que había dejado su hijo por toda la corriente; el destino estaba escrito.
El papá se detuvo para secar el sudor de su frente, levantó el rostro y atisbó con la mirada nublada una figura colorida que emergía de un extenso manto de lama. Afino su mirada de nuevo, tragó fuerte y lanzó el gritó.
-¡Enriquito llega, aquí esta el bebé!- rugió el desconcertado padre.
Joel sangraba sin parar, sus perlitas negras estaban clausuradas por los hematomas y un moño de pelo tapaba su frente fracturada.
Estaba recostado sobre uno de sus brazos e inmerso en una telaraña de ramas que lo amarraba hasta su ombligo.
Inocencio lo ubico pese a su rigidez en su regazo, lavó el rostro de su hijo con el agua del río como quien baña a un bebe recién nacido y se desvaneció en sollozos.
-¡El bebé, mi bebé!- gritó furioso Inocencio. Sus lamentos se escucharon en kilómetros.
Cuando conocí a este trabajador de la construcción salía del río con su hijo en brazos a un solar ubicado detrás del Club de Golf de Villa Lucre. Acababa de recuperar a Joel de las aguas asesinas y frente a todas las cámaras anunció “ soy el papá”.
A un padre y a un hijo lo unen más cosas que un tipaje de sangre o un apellido, pensé. Una fuerza sobrenatural los mantuvo conectados espiritúalmente a tal punto, que sufrieron y lloraron a la par. Era un cuerpo dividido a la mitad con un solo corazón latiendo.
Inocencio se sentó sobre una cera en construcción y en ocasiones apretaba sus manos contra su cabeza como preguntándose porqué.
Estaba rodeado irónicamente de ese mar de salvavidas y paramédicos que no lograron ubicar a su hijo en los primeros intentos de búsqueda. Los miró detenidamente a la distancia, elevó sus ojos al cielo y sonrió.
-¿Como lo hiciste? -Le pregunte intrigado.
-¡Ni yo mismo lo sé!- respondió.
Lic. Víctor Alejandro Mojica
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