lunes, 22 de enero de 2007

Los Caídos del 22 de Enero


En este último año no he dejado de pensar en Pancho y Jean Paul. Su despedida fue tan súbita y violenta, que no hubo tiempo ni para metidar. Sólo se conoció la noticia, que llegó de madrugada y de sopresa, de inmediato apareció el aluvión de sollozos y luego el adiós.

El dolor de ese 22 de enero golpeó por partida doble, recuerdo. Su espontaneidad se tradujo, primero en incertidumbre, y luego la falta de un porqué objetivo, fortaleció la desgarradora impotencia. Hace un año mi corazón palpitaba “como para abandonar su eterna cueva”.

Por suerte, el ser humano puede superar el dolor y convertirlo en alegrías y recuerdos, para hacer perenne la presencia fugaz de los estimados caídos.

Así ocurrió con Pancho y Jean Paul en este primer año. Sus implacables recuerdos laten tan fuerte, que ambos caminan con vida por el pueblo muerto, sin alas, sin apoyo; son figuras rellenas de amistad, amor y aprecio que se movilizan al son de los pensamientos.

Aprendieron desde muy temprano una lógica indispensable de la vida para lograr la inmortalidad manifiesta: Hacer el bien y sonreir. Esta fórmula mágica la irradiaron de tal forma, que son ahora los pilares más escenciales de sus recuerdos en este mundo pasajero.

Por eso divagan sin problemas en nuestro universo de pensamientos, están atados a nosotros por cadenas de sonrisas y alegrías que sólo podrán romperse cuando las telarañas del olvido intenten apoderarse de nuestro conciente, solo en ese momento.

No abandonemos nunca a nuestros hermanos caídos, hagamos perenne su presencia fugaz, tal como ha sucedido en este primer año de distanciamiento.

Víctor Alejandro Mojica Páez

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