martes, 30 de enero de 2007

La Langosta, el sabor de la tradición de un Pueblo


Cuatro bandejas repletas de langostas adornaban la mesa principal del evento, sobresalían por su extravagante diseño y tamaño, y además por sus ojos, que guindan de unas rídiculas antenas ubicadas en el centro de su torre de control.
Otras respiraban sobre la casuela pero estaban furiosas, no gustan mucho de los curiosos y menos de las caricias, y las ya sancochadas trabajaban como edecanes, alumbrando desde las esquinas con su rojiza textura, el concurso más esperado de este época de verano en San Carlos, El Festival de la Langosta...
Este crustáceo que pernocta en profundas cavernas del mar es el atractivo, pese a sus defectos de nacimientos y su horrible presencia, de este festival que año tras año realizan en esta región pesquera de la provincia de Panamá.
Los pescadores artesanales compiten con sus mejores ejemplares que cazan por días en playas cercanas, para que un jurado foráneo que poco sabe del marisco, aparte de su exquisito sabor, escoja al ganador.
Este año fui invitado, junto a nuestro campeón mundial de boxeo Celestino “Pelenchin” Caballero y mi querida Luz, a la fiesta que en su primer día terminó rayando el sol...
El festival es rústico y poco llamativo, se realiza en un rancho semidesnudo a orillas de la vía panamericana, con unos cuantos raspaderos, una fonda criolla de poca alcurnia que se encarga de sazonar el ambiente y conjuntos típicos carentes de fama, que son escuchados por un público de niños pescadores, familias enteras, uno que otro turista y por supuestos borrachos...
Lo interesante del festival no radica en la parafernalia, sino en la tradición. La fiesta lleva 14 años consecutivos realizándose. Un logro sin precedentes para un pueblo cercado por el turismo caníbal, de ese que carcome culturas a costilla de bikinis, loción bronceadora, desenfreno y lujuria.
El festival se rehusa a morir aunque el desarrollo le pise sus talones. Aquí no importa si grupos de bailarinas en tangas amenizan la noche de miles de turistas en el Decameron, o si el Palmar crece junto a sus olas y su cinta costera, lo valioso es el sacrificio de los pescadores del pueblo, que desafían altas temperaturas en el medio de la nada y hasta de madrugada para cazar sus ejemplares y llevarse el máximo galardón, un trasmayo.
El Festival de la Langosta no ostenta grandes presupuestos, ni grandes galas, pero se desborda de algo que se perdió hace mucho tiempo en pueblos vecinos, tradiciones. Las autoridades locales y el pueblo quieren preservar su identidad, antes que sea secuestrada por los banales humos del desarrollo que toca sus puertas día a día...
A fin de cuentas lo que vale en la vida se lleva en el interior como las langostas del festival, lo demás es sobras...

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